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No es una idea feliz tratar de vivir en el pasado ni en el futuro.



Ya pasaron 4 meses y nos queda solo 8; "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora."(Ecl. 3:1.) Esta advertencia se aplica hoy como en la antigüedad; no es una idea feliz tratar de vivir en el pasado ni en el futuro.

Por ejemplo, es triste ver que una madre que tiene niños pequeños vuelve a los estudios tratando de eludir sus responsabilidades en el hogar, porque es intelectualmente estimulante y le recuerda sus días en la universidad.

Entre algunas cosas que aprendi de Robert R. Bohn es que La proporción de tiempo que una persona emplee en distintas actividades difiere significativamente según la etapa de la vida por la cual esté pasando. Cada época de nuestra vida tiene un propósito especial, y éste se completa pasando por las experiencias de cada ciclo a su debido tiempo.

Para decidir qué es lo mejor para nosotros en un determinado tiempo y situación, tenemos que decidir qué es lo de mayor prioridad. Pero ¿qué pasa cuando hay dos principios "justos" en oposición en lo que se refiere a dedicarles nuestro tiempo? Por ejemplo la familia y los llamamientos de la Iglesia.

La clave es darse cuenta que cada situación se debe considerar aparte y orar al respecto, porque lo que puede ser justo en una, puede que no sea aplicable en la otra. Al vernos enfrentados a una decisión, debemos determinar qué alternativa es la más importante para cada caso.

Por ejemplo, un momento crítico en la vida de un hijo que requiere la atención de los padres puede tener prioridad sobre una responsabilidad específica en la Iglesia; pero en otra oportunidad, el bienestar espiritual de un miembro del barrio puede tener prioridad sobre una actividad recreativa a la que se pensaba asistir con uno de los hijos.

De acuerdo con esto, la pregunta "¿qué atendemos primero, la familia o la Iglesia?" no es la correcto si tratamos de encontrar una sola respuesta para todos los casos. La familia y la Iglesia son de primordial importancia; las dos provienen de Dios, y cualquiera de ellas puede tener precedencia.

Todo depende de cada situación en particular. Ambas forman parte del gran todo llamado el Evangelio de Jesucristo. Una de las necesidades individuales más grandes que tenemos es aprender a dejarnos guiar por el Espíritu que se nos promete cuando recibimos el don del Espíritu Santo para que las decisiones que tomemos en cada momento y circunstancia sean aceptables y agradables al Señor.

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