
Es increible que tantos jovenes en la edad apropiada para cortejar, entre en este juego: Imposible algun dia "estar con el" .. es mi mejor amigo, y sin embargo si pretender con otros ser primero enamorados y despues amigos,¡Que tiempos estos! sin embargo ha sido una piedra de todos los tiempos.Aun cuando el mundo tiene sus filosofias, nosotros debemos seguier lo que el Señor ha enseñado muchas veces a travez de sus profetas y todos indica la verdad unica: es que uno se casa por siempre con su mejor amigo(a),por hoy recordemos lo que enseño con una experiencia personal, Susan W. Tanner en la devocional de la BYU-Idaho.
La amistad debe desempeñar un papel clave en el noviazgo y el matrimonio. Considero que la amistad es el cimiento de la pirámide que es el noviazgo. Una pequeña historia servirá para ilustrar este punto.
Es la historia de Isaac y Rebecca. No es el relato bíblico, sino uno de Rebecca, nuestra hija, e Isaac, su pretendiente. Nuestra Rebecca no fue persuadida a casarse con su Isaac tan fácilmente como la del Antiguo Testamento, ni estaba tan dispuesta a dejar su estilo de vida y a su familia para formar parte de la vida de otra persona.
Nuestra Becky tenía 21 años y se había comprometido a hacer las prácticas de fin de carrera, durante el verano, en Mozambique, África, a través de la Universidad Brigham Young. No estaba segura de si debía servir en una misión, pero por lo menos ya había comenzado con los papeles al concertar sendas citas con su dentista y su médico.
También sopesaba la idea de presentar su solicitud para ingresar en el programa de estudios que le llevaría a obtener una maestría en su especialidad. En resumen, Rebecca intentaba decidir qué hacer con la siguiente fase de su vida. Todos nos preguntábamos cuál de las tres emes ganaría: Mozambique, la misión o la maestría.
Mientras tanto, Isaac se presentó en pos de una cuarta eme: matrimonio. En pocos meses iba a partir hacia la facultad de medicina y no quería irse sin Becky. Luego nos diría que también él tenía sus propias tres emes que esperaba que nuestra hija fuera a aceptar: matrimonio, facultad de medicina y, con el tiempo, maternidad. “Si no aceptaba”, dijo, “sabía que yo iba a ser la cuarta eme: miserable”.
Becky era una mujer del siglo veintiuno, con el mundo y sus llamativas oportunidades a su alcance, y le costó hacer a un lado algunos de sus sueños. Lo que finalmente la convenció fue la bondad intrínseca de Isaac y la amabilidad y bondad que tenía para con ella. También hizo algunas cosas románticas, como enviarle hermosos ramos de flores, salir a divertirse juntos, etc.
Pero esas cosas no hubiesen bastado por sí solas para convencerla; lo que sí lo hizo fue el ver cómo él continuamente ponía los sentimientos y las necesidades de ella por encima de los de él. Era muy atento con ella, haciendo cosas que un amigo haría por el otro.
Por ejemplo, cuando se dio cuenta de que la pulsera metálica del reloj de ella era demasiado grande para su muñeca, quitó un par de extensiones hasta que le quedó perfecta. En otra ocasión, mi hija encontró su automóvil limpio y reluciente por dentro y por fuera porque él lo había lavado, algo que ella no le había pedido.
En otra ocasión, ella encontró una lista que Isaac había confeccionado sobre formas para mejorar; muchas de sus metas se orientaban al servicio. Esos actos amables prometían una amistad duradera y demostraban cualidades de carácter que durarían aún después de que la belleza física, con el tiempo, se marchitara.
Becky se dio cuenta de que él tenía cualidades que perdurarían a través de los buenos y los malos momentos, las mismas cualidades que ella buscaría en un buen amigo. Así que se casó con Isaac y ahora reflexiona en lo acertada que estuvo respecto a que los puntos fuertes de su marido constituirían una gran aportación a su relación. Ella cree que se ha casado con su mejor amigo; así es como debe ser el matrimonio.
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