
Las palabras del rey Arturo, de la obra musical Camelot, haciendo eco, hallaron profundo significado en el distante desierto: “La violencia no es fortaleza, y la compasión no es debilidad”.
Lo que contó el carcelero Kenyon J. Scudder hace brotar del corazón los mas tiernos sentimientos:
En un coche de tren, un amigo suyo iba sentado junto a un joven que se sentía obviamente deprimido. Al fin, el joven le confió que había salido en libertad condicional de una cárcel distante, que su prisión había llenado de vergüenza a sus familiares y que ellos nunca le habían visitado ni escrito a menudo, pero que confiaba en que hubiera sido así solo porque eran muy pobres para viajar y no sabían escribir bien; que, pese a eso, esperaba que le hubiesen perdonado.
Añadió que para facilitarles la situación les había escrito pidiéndoles que le pusieran una señal para cuando el tren en que viajaría pasara por su pequeña granja en las afueras de la ciudad. Si los familiares le habían perdonado, debían poner una cinta blanca en el gran manzano que se hallaba cerca de la vía férrea; si no deseaban que el volviera a casa, no debían poner nada en el árbol y el se quedaría en el tren, prosiguiendo el viaje.
Al ir acercándose el tren a su pueblo, aumentó de tal modo su expectación que supo que no podría soportar mirar por la ventanilla y dijo a su compañero de viaje: “En cinco minutos, el maquinista indicara con el silbato que nos acercamos a la larga curva que se abre al valle donde esta mi casa. ¿Quisiera usted fijarse en el manzano?” Su interlocutor le dijo que lo haría. Intercambiaron sus asientos. Los minutos parecieron horas, pero al fin se oyó el estridente silbato del tren. El joven le preguntó: “¿Ve usted el árbol? ¿Han puesto allí una cinta blanca?”
El otro le respondió: “Veo el árbol y no veo una cinta blanca sino muchas; hay una cinta blanca en cada rama. Hijo mío, sin duda le quieren a usted muchísimo”.
En aquel instante, toda la amargura que había envenenado una vida se disipó. “Pensé que había presenciado un milagro”, dijo el otro hombre. Sí, en realidad, presenció un milagro.
(Véase John Kord Lagemann, The Reader’s Digest, mar. de 1961, págs. 41-42.)
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