
Jesús, Se deleitaba en complacer a Su Padre y en obedécele. Siempre pensaba en Él; A diferencia de nosotros, no esperaba una necesidad para dirigirse hacia el cielo. Él ya estaba, instintivo, mirando hacia allá. Cuando el joven rico trató de llamarlo "bueno", Él desvió el cumplido diciendo que sólo uno merecía tal alabanza: Su padre.
Me he preguntado cuando culmino su misión, cómo debió haber sido aquel reencuentro: el Padre que tanto amaba a este Su Hijo; el Hijo que honraba y reverenciaba a Su Padre en cada palabra y acto. Para dos que eran uno, ¿cómo debió haber sido aquel abrazo? ¿Cómo debe ser ese compañerismo divino ahora? Sólo podemos preguntarnos y podemos, este fin de semana, anhelar nosotros mismos vivir dignos de una porción de esa relación.
¿Es demasiado que nuestros hijos puedan sentir por nosotros una pequeña porción de los sentimientos que Jesús sintió por Su Padre? ¿Podríamos ganarnos más de ese amor al tratar de ser más de lo que Dios fue para Su hijo? En la cruz, Jesús buscó al que siempre había buscado: a Su Padre: "Abba", exclamó, lo que de los labios de un niño sería: "Papi". Un Hijo en pleno dolor, un Padre, Su única fuente verdadera de fortaleza, ambos perseverando hasta el fin, aguantando durante toda la noche, juntos.
Padres, en este fin de semana, es nuestro sincero deseo que seamos renovados en nuestra tarea como padres, fortalecidos por las imágenes de este Padre y este Hijo al abrazar a nuestros hijos y permanecer con ellos hoy y para siempre, ¡ FELIZ DIA! Elder Holland/Abril 1999
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