
En la Universidad Brigham Young ha habido algunos excelentes entrenadores atléticos; los tenemos actualmente y los hemos tenido en el pasado. Uno de ellos, hace mucho tiempo, fue Eugene L. Roberts. Este hombre se había criado en Provo y había andado vagando con malas compañías, hasta que un día le sucedió algo extraordinario. Voy a citar lo que el mismo escribió:
“Hace algunos años, en la época en que abundaban en la ciudad de Provo las feas cantinas y otros lugares de diversión de reputación dudosa, me encontraba una noche en la calle, esperando a que llegara mi pandilla, cuando me fije en que el tabernáculo de Provo tenía las luces prendidas y que una multitud se encaminaba en esa dirección.
Como no tenía nada que hacer, me fui acercando y entró. Pensé que quizás ahí encontraría a algunos de mis compañeros, o por lo menos a algunas de las muchachas en las que yo estaba interesado. Al entrar, me encontré con tres o cuatro de mis compañeros y nos fuimos a sentar debajo del balcón, en donde había reunido un grupo grande de jovencitas con las que pensamos que podríamos divertirnos.
No estábamos interesados en lo que se estaba diciendo desde el púlpito. Sabíamos que los que estaban en el estrado eran todos vejestorios que no sabían nada de la vida, y que ciertamente no podían decirnos nada nuevo, puesto que nosotros lo sabíamos todo. De modo que nos dispusimos a divertirnos. En medio de nuestro alboroto, desde el púlpito nos llegaron resonando las siguientes palabras:
“‘No se puede definir el carácter de la persona por la forma en que haga su trabajo cotidiano. Hay que observarla después que haya terminado su trabajo; ver a donde va, ver los compañeros que busca y las cosas que hace cuando puede hacer lo que le plazca. Es entonces que se revela su verdadero carácter’.
“Levantó la vista hacia el estrado”, continuó Roberts, “porque me sentí impresionado por esa potente declaración. Vi allí a un hombre delgado, de cabello obscuro y mirada intensa, a quien yo conocía y temía, pero por el que no sentía ningún afecto particular.
“El discursante procedió a hacer una comparación, diciendo:
“‘Por ejemplo, observemos al águila. Esta ave se esfuerza tan ardua y eficientemente como cualquier otro animal haciendo su trabajo cotidiano. Provee para si y para sus pequeños con el sudor de su frente, por así decirlo; pero una vez que termina su tarea y dispone de tiempo para hacer simplemente lo que le plazca, veamos la manera en que pasa esos momentos de recreo: Se pone a volar en los ámbitos mas altos del cielo, extendiendo las alas y desplazándose allá arriba por el aire, porque le gustan la atmósfera pura y límpida y las cumbres elevadas.
“‘Consideremos, por otra parte, al cerdo. Es un animal que gruñe y hoza; el provee para sus crías igual que el águila; pero una vez que termina de trabajar y dispone de momentos de ocio, observemos a dónde se dirige y lo que hace. El puerco busca un hoyo que este lleno de fango y se revuelca y se moja en la inmundicia, porque eso es lo que le gusta. En su tiempo libre, las personas pueden ser como las águilas o como los cerdos’.
“Al oír esas pocas palabras”, comentó después Gene Roberts, “me quede estupefacto. Me volví hacia mis compañeros un tanto avergonzado de que me hubieran pescado escuchando. (Cual no seria mi sorpresa al encontrar a toda la pandilla escuchando al discursante con atención, mientras tenían una expresión perdida en la mirada!
“Esa noche salimos del tabernáculo un tanto callados, y nos separamos mas temprano de lo acostumbrado. Pensé en aquel discurso durante todo el camino a casa. Inmediatamente, me clasifique como miembro de la familia porcina. He pensado en ese discurso muchos años. Esa noche se plantaron en mi unos leves brotes de ambición, de elevarme por encima del grupo de los porcinos y aspirar a integrar el de las águilas …
“Esa misma noche quedó dentro de mi ser el vivo deseo de tapar los hoyos de fango del ambiente social, a fin de que a las personas que prefirieran vivir como puercos se les hiciera mas difícil revolcarse en las diversiones inmundas. Como resultado de estar pensando constantemente en ese discurso, me sentí inspirado a dedicar mi vida entera y mi profesión al desarrollo de actividades sanas de recreo para los jóvenes, a fin de que fuese mas natural y fácil para ellos participar en la clase de diversión digna de las águilas.
“El hombre que dio ese discurso que afectó mi vida mas que cualquier otro que jamas haya oído, fue el presidente George H. Brimhall. (Que Dios lo bendiga!” (Raymond Brimhall Holbrook y Esther Hamilton Holbrook, The Tall Pine Tree, 1988, págs. 111–113).
Esa sencilla comparación, mencionada por un gran maestro, cambió la vida de un vagabundo, convirtiéndolo en un líder capaz y talentoso. La repito esta noche porque creo que la mayoría de nosotros nos enfrentamos constantemente con la necesidad de elegir entre revolcarnos en el fango o volar hacia las cumbres mas altas.
Lo que hagamos en nuestro tiempo libre puede establecer una tremenda diferencia en nuestra vida. Lastima del hombre o del muchacho de intenciones bajas y débiles ambiciones que, después de un día de trabajo, termina de cenar y enciende el televisor para pasar el resto de la noche mirando videos pornográficos o programas degradantes de televisión. )Pueden imaginar una escena que describa mas acertadamente lo que dijo el presidente Brimhall del puerco que en el corral busca el hoyo para revolcarse en el fango?
Hermanos, hay un camino mejor.
Presidente Gordon B. Hinckley (Octubre 1994)
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