
Durante los últimos años, desde que surgió la cadena de acontecimientos que llevó a mi divorcio, he pasado más noches sin dormir y he orado más intensamente que en ninguna otra etapa de mi vida. ¿Por qué tenía que sucederme a mí aquello a lo que más temía? ¿Cómo podría yo volver a abrigar esperanzas cuando las que había tenido se habían despedazado? Recuerdo una caricatura humorística de un niño que estaba dando un informe sobre un libro que había leído, y dijo: "Este libro me ha enseñado más cosas sobre caballos que las que jamás he querido aprender". A menudo le he dicho al Señor en mi corazón: "Esta experiencia me está enseñando más cosas sobre la madurez emocional que las que jamás he querido aprender".
Tengo siempre presente una noche en particular en que me sentí sumamente abrumada por los acontecimientos que habían ocurrido y que habían dejado a mis hijos sin un padre en el hogar. Durante esas horas de obscuridad me martirizaba al pensar que yo había causado la destrucción de algo tan preciado y que había perdido algo de importancia tan vital para mí y para mis hijos. Esa noche no pude conciliar el sueño. Sabía que Cristo había muerto para que nosotros no tuviéramos que cargar con el peso de nuestras faltas y sentirnos culpables indefinidamente; pero no podía comprender cómo mi arrepentimiento y la expiación de Cristo podían reparar el daño que se había producido en mi propia vida, en la de mi ex esposo y en la de mis hijos. Pensé: El Señor nunca hizo daño a nadie como yo lo he hecho, como resultado de la ignorancia, del egoísmo y de haber sido pobre de criterio. El nunca falló, y no tiene que cargar incesantemente con el yugo de saber que ha dañado la vida de un ser querido. Y entonces escuché en mi mente la respuesta apacible: Tampoco tú tienes que hacerlo.
Súbitamente comprendí con extraordinaria claridad el hecho de que cuando yo acepté el sacrificio del Salvador por mis pecados, El los tomó sobre sus hombros de una forma más literal que lo que hasta ese momento yo había entendido. Una vez que me arrepentí de aquellos pecados e hice la restitución que me fue posible hacer, el hecho de quién había tenido la culpa ya carecía de importancia; el pasado había quedado atrás y ahora debía centrar el interés en el futuro. Y bien, me pareció escuchar, ¿qué vamos a hacer para ayudar a nuestros hijos, tú y yo juntos! Eso me conmovió profundamente, pues mis hijos son también los hijos de nuestro Padre Celestial, y el que ellos aprendan a amar al Señor y a vivir el evangelio es tan importante para El como lo es para mí.
Apenas entendí esa realidad, percibí que mis sentimientos de fracaso e insuficiencia se alejaban. Comprendí que para llegar a ser una buena madre no era un requisito ser perfecta. Al admitir con humildad mis debilidades y al ejercer la fe en Cristo, había establecido una sociedad con un Ser perfecto. Después de todo no estaba criando a mis hijos sola: tenía el deber de hacerlo hombro a hombro con un Padre amoroso que deseaba el bienestar de ellos, y también el mío, mucho más de lo que yo era capaz de comprender. Eso significó para mí un consuelo que no puedo describir con palabras. En el correr de las semanas siguientes, traté de llegar a entender mejor ese concepto.
Descubrí que las Escrituras estaban repletas de invitaciones de compartir mi carga con Dios. "Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará." (Salmos 55:22.) "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar." (Mateo 11:28.) "Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis." (D. y C. 6:36.) "Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas." (Proverbios 3:5-6.) Aprendí que más allá de las circunstancias en que me encontrara, por encima de mis errores del pasado, podía, en ese mismo momento, escoger un rumbo en la vida que fuera agradable a la vista del Señor y que me acercara a la perfección. Línea sobre línea, precepto por precepto, nuestro hogar podría llegar a ser un lugar celestial.
Una noche, tras haber estado meditando y pensando detenidamente en cuanto a mis necesidades como madre sola, abrí el Libro de Mormón al azar y leí los siguientes versículos: "Y aconteció que fueron tan grandes sus aflicciones, [refiriéndose al pueblo de Alma] que empezarona clamar fervorosamente a Dios . "Y aconteció que la voz del Señor vino a ellos en sus aflicciones, diciendo: Alzad vuestras cabezas y animaos, pues sé del convenio que habéis hecho conmigo; y yo haré pactó con mi pueblo y lo libraré del cautiverio."Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros ... "Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor. "Y sucedió que fue tan grande su fe y su paciencia, que la voz del Señor vino a ellos otra vez, diciendo: Consolaos, porque mañana os libraré del cautiverio." (Mosíah 24:10, 13-16.)
No me cupo la menor duda de que esos versículos se aplicaban tanto a mí como a aquel pueblo de la antigüedad, de que el Señor haría más liviana mi carga mientras tuviera que llevarla sobre mis hombros, y que una vez que me hubiera sometido con paciencia a la voluntad plena del Señor, sería librada del cautiverio. También comprendí que Dios me estaba demostrando el amor que sentía por mí al poner en mi camino aquellas pruebas que me harían progresar y harían volver mi corazón hacia El.
Somos bendecidos con el privilegio de poder recurrir al Señor con todos nuestros problemas, necesidades y desilusiones; y si bien no podemos tener la garantía de que todo aquello que hayamos hecho mal será plenamente restituido, por lo menos sí tenemos la seguridad de que, en la medida en que obremos con rectitud ante el Señor, El llevará nuestra carga. Y entonces, ese mismo sufrimiento que al principio parece ser insoportable, a menudo nos conduce al grado más alto de la humildad y la fe que necesitamos.Este es un paso absolutamente esencial para establecer una comunión total con el Señor. Sólo entonces estaremos en condiciones de enfrentar y vencer los desafíos que en un primer momento supusimos que no seríamos capaces de superar.
La madre que tiene que criar a sus hijos sola echa de menos el estímulo y el afecto de un compañero amoroso. Muchas tal vez se sientan, como yo me sentí, aisladas y alejadas del cuerpo de la Iglesia o quizá piensen que el establecer el tipo de vida familiar con el cual soñaron en su adolescencia ha pasado a ser algo irrealizable. Mas estoy convencida de que el Señor nos tiene presentes a todos, ya sea que seamos casados, solteros o divorciados, y de que Cristo está a nuestro lado en todas las cosas que hacemos con rectitud. Creo que si aceptamos esta comunión con el Señor, El coronará nuestros esfuerzos con paz y con frutos que muchas veces sobrepasarán lo que esperábamos.El murió a fin de que nuestros corazones no se quebrantaran de angustia, remordimiento y ansiedad; sino que pudiéramos volver a nacer, y ver nuestra fe, valor y amor continuamente renovados.
Francés Warden pertenece al Barrio Diecinueve de Orem, de la Estaca Sharon South de Orem, Utah. Liahona Octubre 1998
Es de la Liahona de octubre de 1989 no de 1998 ;-)
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