
Cuando el Imperio Griego se encontraba en la cumbre de su poder, arremetió desde la cuenca del Mediterráneo, en el Oeste, contra lo que hoy día se conoce como la India, en el Este, y por su gran fuerza militar conquistó innumerable cantidad de ciudades,
estados y naciones en su marcha por Asia.
Los griegos rendían honor a los soldados más valientes y consagraban el lugar en donde cada batalla había cambiado la historia. Marcaban un punto en el campo de batalla donde una pequeña victoria hacía que al final el triunfo fuera inevitable.
En ese lugar, colocaban una piedra o un montón de armas capturadas y le daban el nombre de trofeo que en el lenguaje antiguo de los griegos significaba un cambio importante en la historia.
¿Es éste el momento de marcar con un trofeo vuestra vida? En las batallas que lucháis, ¿debéis erigir, un monumento o indicar que habéis llegado a un punto decisivo en que vuestra vida cambiará?
Recordad que todos los problemas no se desploman como Goliat ante David; que todas las batallas no terminan en forma tan dramática, como la que se llevó a cabo en Cumora; que todos los milagros no se realizan en forma tan inmediata, como cuando José Smith bendijo a los enfermos a orillas del río Misuri.
Sin embargo, los problemas desaparecen, las batallas se ganan y los milagros ocurren en la vida de todos nosotros. El Señor describe de la siguiente manera su plan de batalla para purificar a Israel:"Y Jehová tu Dios echará a estas naciones de delante de ti poco poco a poco. (Deuteronomio 7:22.) Con frecuencia la victoria viene poco a poco.
Esto demuestra que si se puede erigir un monumento en vida, desde luego, si el caso lo amerita, en tratándose de hombres que han hecho una obra que trasciende hacia el futuro. Uno de ellos, es el Mariscal Antonio José de Sucre.
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